El Trapecista (Poemario)
El trapecista
Prólogo
Despertar lejos de casa
El comerciante
Desde que partí al extranjero,
tuve que armarme con dureza y con
coraje;
con tus consejos, con tus bendiciones.
Con las altas expectativas que tenías
de mí.
He vuelto a casa, después de largo
caminar
a la librería, al almacén
a vender papel y lápiz,
como lo hiciste tú, como lo hizo
abuelo.
He vuelto a casa
después de arduo entrenamiento;
aprendí a barrer pisos de bodegas
y repartir mercadería como chofer.
He vuelto a casa
después de sacudir polvo en los
estantes,
de estar horas detrás del mostrador
y caminar bajo la lluvia con la valija
que me diste.
He vuelto después de aprender a viajar;
a dormir y comer en lugares extraños.
A veces solo, con extraños a veces,
pero siempre acompañado por la gente.
He vuelto por esa lección que siempre
aprendí,
A ser bueno, a ser honrado, a ser
humilde
A saber esperar. A ser cortés.
A saber perdonar y a pedir perdón.
Me enseñaste disciplina y orden,
A ser valiente, a domar el
temperamento,
Hacer calistenia y alimentarme bien.
Música, geografía, historia, e idiomas.
Y en las noches agotado de todo un día
de trabajo,
a sumar y a restar. Y estudiar las
letras de tu caligrafía.
A coleccionar estampillas, a estudiar
mapas,
y jugar con las brújulas para marcar
el Norte.
Fuiste el héroe de la casa.
Tras largas giras a caballo bajo
aguaceros y barreales,
traías un poco de plata para sostener
el hogar.
¡Y nunca te quejaste!
Y, cómo no estar tan orgulloso de vos,
cuando a otros se les ha gastado el
espíritu.
No dejas de amar el bosque, la patria,
y el mar.
Hijo
abnegado, hermano fiel, hombre de familia.
Mi terruño
Te voy a contar un cuento
-
Abuelo, ¿por qué tenés esta moneda de oro de Rubén
Darío?
-
Paco, se la compré a una señora que huyó de Nicaragua.
Le dije que quedaba en buenas manos,
porque yo, era bisnieto de Aquileo.
Darío y Aquileo eran buenos amigos.
¡Cuánto le agradezco sus palabras
que están en una placa
en el Parque Morazán!
¿Quién sabe de qué hablaban?
-
Paco, yo tuve amigos nicas,
cuando se vinieron a estudiar
y estuve enamorado de una de ellas.
María, era muy hermosa,
y no la pude conquistar.
-
Abuelo, dicen que Aquileo
fue un gran aprovechado.
Se burló del campesino
en las Concherías que escribió.
-
Habrá que preguntarle a don Rubén Darío;
a Magón, rival y primo, por Zeledón;
y al Congreso de ese tiempo,
que le otorgó el benemeritazgo.
Y a los que han recibido el premio:
Aquileo J. Echeverría
-
Decile a esos cínicos
que estudien, y lean bien su obra:
Y que le pregunten a su yerno, Rosabal
Cordero,
“Calandraca” como Chalo, con cariño, le decía.
Cómo se atreven esos ideólogos, necios,
a juzgar al Poeta Nacional.
¡Cómo creen saber lo que él sintió!
Si estuviera vivo para defenderse,
tremenda paliza intelectual les hubiera
propinado.
Y no aprenden de la historia,
Sócrates enjuiciado
por un puñado de celosos.
-
Aquileo, ya estás en el Parnaso,
y me toca a mí echarme el pleito.
-
Paco, en la vida hay gente,
de la cual hay que andar de largo.
Envidiosos y egoístas, a veces;
intelectuales que piensan diferente.
-
Pero vení y decime, Paco,
por qué estás creciendo tanto;
Sentate aquí y escuchame:
¡Que te voy a contar un cuento!
Aferrado a unas ideas
Dos ríos y un estero muerto
Esta es la historia de dos ríos:
Lagarto y Malanoche
ambos, desembocan en Playa Sámara,
cada uno con su estero y su manglar:
hoy, uno vivo y otro muerto.
Hace 40 años dos alemanes compraron
fincas río arriba, en los cerros de
Nicoya,
ya erosionadas de tanto pastoreo,
ya tostadas de tanta quema.
Uno era ambientalista;
el otro financista.
Dio la casualidad que, en la cuenca
del Lagarto,
don Sauter respetó las veinte varas en
las quebradas:
sembró once mil pochotes y especies
nativas
y el resto de potreros los dejó
enmontarse
para que surgiera, de nuevo, el
bosque.
La cuenca del Malanoche, tuvo la
desgracia
que don Rakel solo quería plata:
al dar la orden de talar el bosque en
las quebradas,
los peones se negaron, iba contra la
ley y la costumbre;
a lo cual respondió: “vamos a sembrar
teca y
árboles son árboles”.
¡No fue así! Al crecer todas las
tecas,
en monocultivo,
ponían con cuidado un mantel de seda
oro,
y son tan grandes esas hojas,
que en el suelo nada crece.
La teca es exótica;
la trajeron de Tailandia y esos lados,
crece en suelos planos de aluvión.
Cada año, los aguaceros de la costa,
lanzaban inmisericordes,
dardos de agua hacia el suelo,
cada gota perforaba y arrancaba
piedras y cascajo,
se formaban estrías de barro rojo;
éstas se sumaban a riachuelos en la
pendiente
y con la corriente enfurecida,
todo iba río abajo.
A los años, cuando caminaba por la
playa,
cerca del estero Malanoche,
empecé a notar raras piedras en la
arena,
no eran conchas ni corales muertos:
¡tenían que estar viniendo de los
cerros!
¡Ay, Dios sabe, cuánto quise,
mitigar esta catástrofe:
ahí estaba la laguna del estero
bordeada por mangles, cuan gigantes;
y debajo de ella, el Gran Acuífero de
Sámara.
Santuario para que desoven peces,
crezcan alevines, sanos y fuertes,
y valientes, se lancen a la mar,
para, más adelante volver, y así
repetir el ciclo.
Trajimos voluntarios del extranjero,
se habló con la comunidad,
hubo amenaza de muerte
si se interfería con las tomas de
agua.
Año a año, más piedras en la playa
y más lodo en la bahía.
Los corales se dieron por vencidos.
Con corrientes y marejadas, el Mar
furioso,
todo lo tiraba afuera.
Cerca del estero Malanoche, la playa
fue cambiando,
piedras y más piedras;
la laguna se llenó de arena y se secó,
y el río rompió, por donde pudo, para
poder salir al mar.
- ¿Y qué pasó con el otro estero, el
del Lagarto?
Río arriba, en la cuenca, hoy, solo
hay bosque;
de árboles y plantas endémicas,
el suelo ahora es negro de humus, de
dos cuartas de hondo,
las manadas de congos de las otras
fincas,
se mudaron al refugio
y hay todo un ecosistema que protege
al suelo.
Es pulmón del mundo y no hay erosión.
¡El agua que sale de este santuario es
cristalina y pura!
Han pasado 40 años, y yo solo soy, un
viajero en el tiempo,
un testigo de que todo, aquí, aunque
duela, es cierto.
Celajes y penumbra
Ustedes
Ustedes,
mis seres queridos me han hecho
trampa,
lograron penetrar
mis fortificaciones más perfectas
ideadas con toda la astucia de los
años
y a prueba de cañones.
Ustedes,
me tomaron por sorpresa,
derribaron anchos muros de piedra
caliza
con refuerzos de hierro forjado
herrumbrado
con biseles filosos pintados de negro
que nadie se atreve a pasar de cerca.
Ustedes,
no sé si usaron dinamita
o hechizaron a los guardas
con los cantos de las aves tropicales;
solo sé que entraron y,
no pude detenerlos.
Ustedes,
me trajeron dulces cuentos seductores
repletos de sentimientos
y yo,
mudo, no pude contener el llanto
repleto de tantas emociones.
Recibo,
con inmensa alegría,
tanta muestra de cariño;
derrotado en mi afán de no existir,
aferrado a mis plegarias ya ahumadas
de tanta vela,
ya mareadas de tanto incienso.
Dios te pido,
me des la fuerza que requiero
para sacar la faena de cada día
y no ser carga para nadie;
y cuando Tú lo quieras
llévame, por favor, a un lugar donde
no sufra más.
Palabras finales
El trapecista
Siempre me ha fascinado el equilibrio,
la mesura, el respeto, el balance.
De niño, en mi entorno había muchas reglas,
y pronto me di cuenta que,
mis abuelas y mis padres,
esperaban mucho de mí.
Probé empujar algunos límites,
sin éxito,
además, había tíos, tías, y tía abuelas
que eran jueces y guardianes
y me llenaron la cabeza
de tantos casos de parientes
que, ¡Dios libre!, transgredir el equilibrio:
alcohol, drogas, juego y otros vicios.
Cordura en el gasto,
evitar a toda costa la lujuria,
esfuerzo en los estudios,
aprender a perdonar,
y, ante todo,
humildad y honradez.
Me inculcaron el amor al prójimo;
a no herir, a no matonear
sin embargo, entre tantos vaivenes,
hubo veces que,
amigos, compañeras, y seres cercanos
algo dije, algo hice,
y ¡ay!, cuanto mortifica:
ser culpable de haber hecho sufrir,
de haber ofendido.
Ver lágrimas y tristeza,
defraudado, decepcionado, difamado.
El que me hayan hecho cosas similares,
no es escusa ni es consuelo:
hay heridas que, por más que he querido tapar,
ahí están las cicatrices,
como marcas de ganado.
Frenos y contrapesos
y la conciencia como un timón;
procurar ser persona de bien,
ser amable y ser cortés.
Pero no olvidarse tanto de uno mismo,
aprender a amarse, aunque no era permitido,
ya los abuelos habían sufrido mucho
y solo se valoraba la virtud del trabajo.
Toda la vida siendo trapecista:
el bien y el mal,
la avaricia y la caridad,
el falso orgullo y el don de gentes,
tentaciones y carácter
empatía y celos.
Si hubiera conocido a los Estoicos,
y algo de la resiliencia,
sé que esta vida, mía, hubiera sido diferente,
me hubiera callado para no ofender,
y sería, mucho más fuerte, para perdonar.